7 de mayo de 2011

Sueño de una noche de Luciano.

Contexto, contexto... Este cuento, escrito aproximadamente hace un año obedece más a una tarea que a algo escrito por gusto propio. Primero mencionaré que para mi es un texto mamón, insufrible y lleno de chaquetas mentales hechas para complacer a la gente. Pero bueno... al parecer tuvo una buena acogida y es de las pocas cosas que ya están hechas y en las cuales no puedo trabajar de momento. Así que ahí va. Integro.


Referencias: Diálogos-Historia Verdadera, de Luciano de Samosata. La Ley Innata de Extremoduro, para los "capítulos". Y pellizcos Nietzchianos, cínicos, satíricos y demás mescolanzas varias.



El Sueño de Luciano

Daniel Rosas García

I Preludio al sueño

La imaginación es el preludio al caos reinante en los sueños, un dulce paliativo de todo cuanto podemos encontrarnos al ceder ante el pacificador abrazo de Morfeo. ¡Y es que no hay duda! Bien es cierto que los sueños pueden ser tan sublimes que si acaso pudiésemos habitar permanentemente en ellos lo haríamos de buen agrado. Finalmente, si lo hiciéramos, no habríamos de perdernos grandes cosas en el mundo de la vigilia. Sin embargo, y a pesar de que pudiéramos hacerlo, siempre tendremos nuestros eternos temores para evitar que permaneciéramos más tiempo del realmente necesario inmersos en los sueños. Más de una vez he tenido visiones inquietantes, aterradoras, sublimes. Sí, pero son sólo sueños. Y sin embargo cuan útiles me han sido tales terrores y placeres nocturnos para entender en más de una ocasión, tantos problemas que si bien son mundanos en sí mismos, no son tan frívolos en sus orígenes.

Pero bueno, sería prudente dejar de lado tantos pensamientos que sólo traerían tribulaciones a una noche tan tranquila como esta. Lo mejor será dormir.

II El sueño

Desperté –o eso pensé-. Pues a pesar de estar consciente no podía ver nada, y sin embargo escuchaba claramente una multitud a mi alrededor. Pocos segundos después sentí cierto frío en los parpados. ¡Era el frío del metal! Pero, ¿Qué podría tener en la cara que me impidiera ver cualquier cosa? Con relativa calma me dedique durante un momento a escuchar, tratando de descubrir que pasaba a mí alrededor.

Casi todo era silencio. Salvo lo que parecía ser un grupo de mujeres sollozando. Con el pasar del tiempo, este ruido fue intensificándose a la par de que más voces se unían a tal concierto de llanto desgarrador. Súbitamente, comprendí que ruido era aquél.

¡Plañideras! Indudablemente ese llanto sólo podría provenir de ellas. Por lo tanto no tarde mucho en deducir que era aquel frío metal en mis ojos. Monedas para Carón –pensé con cierta pesadumbre y sin embargo en calma-. La muerte me había alcanzado cuando menos pude sentirla, situación que hasta cierto punto me podría hacer sentir afortunado. Y sin más, me dedique a escuchar con ávida curiosidad cuanto sucediera en mi funeral.

Realmente no hubo nada digno de recordarse. Voces que jamás había escuchado hablando de mí, como si en vida hubiese sido su objeto de devoción; voces conocidas hasta el hartazgo, casi siempre por su falso servilismo, vituperando mi despedida; Y las plañideras. Quizá ellas eran los actores más convincentes dentro del circo de mi muerte. Y bueno, con el poco interés que esto me producía. Decidí entregarme sin más al sueño que me llevaría –según la lógica de tan extraño acontecimiento- a la muerte misma.

Sobra decir que en cuanto abrí los ojos, me encontraba en el infierno mismo. Sin mayor aprensión comencé a explorar el lugar. Y desde luego encontré cosas maravillosas, y terribles. Cosas de las que sería mejor no hablar aquí y quedarán para ser escritas más adelante. Baste decir que finalmente desperté –por tercera vez y ahora sí, alejado del sueño- con la firme idea de mostrar todo cuanto vi en aquella pequeña aventura nocturna.

III Lo de fuera

¡Qué desilusión! Aquél sueño de supuestos terrores nocturnos resulto no ser más que una ilusión de lo que jamás podremos ser. Y con ello desde luego, no me refiero al deseo de ser almas en pena o errabundos visitantes del Hades. Me refiero, sin embargo, a la imposibilidad de pensarnos similares a otros. Enceguecidos como estamos por deseos de grandeza, por el sentimiento despreciable de sentirnos insignificantes o incluso, por ignorancia. ¿Y de que sirven estos deseos que nos vuelven ajenos al mundo. Los deseos de grandeza –y la soberbia que estos acarrean- sólo nos granjea la aberración de terceros. Nuestra imaginaria inferioridad sólo nos otorga la indiferencia y el olvido. ¿Y la ignorancia? Pensándolo bien contra ella no tengo nada. Sólo el que ignora lo que sucede puede llevar una vida tranquila. Quizá lo mío sea envidia ante el ignorante y su existencia alejada de todo. Y sin embargo, esto es sólo lo que pienso –muy ligeramente- sobre lo que he podido ver en otros. Sin embargo, estar consciente de sus fallas no me enaltece ni me santifica en modo alguno. Quizá sea necesario que considerara si yo mismo podría ser partícipe de la visión fantástica de mis sueños.

IV Lo de dentro

Pensar si soy digno de mis ideas. ¡Qué desilusión podría llevarme! Sí. Es cierto que encuentro detestables tanto los delirios de grandeza como el desprecio por uno mismo. Y sin embargo ¿Qué me asegura que no estoy tan cerca del uno como del otro?

Cualquier día podría darme cuenta de mi enorme soberbia. Y entonces haría hasta lo indecible para acabar con ella. Incluso podría acabar conmigo mismo, volverme tan miserable como el que más. Y cumplir mi objetivo sería un gran logro.

¡Alabado sea el hombre que acabó con su soberbia y ahora es un miserable! –gritarían algunos-. Y estos elogios indudablemente terminarían con mi penosa aberración a mí, llevándome de nuevo a la soberbia.

¡Mírenme! ¡Soy el hombre que logró volverse miserable y aprendió a ser despreciado! ¡Soy el orgulloso hombre que se desprecia a sí mismo!

Luego, darme cuenta de semejante paradoja. Y verme siempre encerrado en ella. El círculo del soberbio y del mezquino. El eterno retorno al punto de partida.

Indudablemente lo que tengo es envidia de los ignorantes. ¿Qué problemas podrían tener ellos con una u otra vida? Y sin embargo, también sería una barbaridad pensar siquiera en un mundo formado bajo la idea de la ignorancia como un bien supremo.

Semejante encrucijada sólo me lleva a preguntas que no podré contestar. Será mejor olvidar todo esto.

V La realidad

Lo cierto es –y no lo digo sin cierta pesadumbre- que no habrá igualdad alguna entre los vivos mientras estos estén… Vivos. Así, la igualdad es sólo un sueño inalcanzable para nosotros.

Sin embargo, tampoco considero prudente esparcir semejante pesimismo. Quizá sea mejor dar un ápice de esperanza. Inventar alguna historia con un falso final redentor…

Y entonces, desperté. Ni yo era Luciano. Ni estas sus palabras. Sólo fue un sueño por demás irónico. Supongo que su polvorienta calavera no ha de estar muy satisfecha de verse distinguida de entre otras tantas menos afamadas.

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