Reniego de la añoranza, del volver "Gardeliano"
y de las huellas, de las mnemias de un tal Freud...
He visto morir a un hombre ante el peso de la pluma
con su espada desfallecer ante las letras, los puntos finales.
He visto también caer a un hombre, ante mil interrogantes.
Ante la incertidumbre de los puntos suspensivos.He visto que de esos hombres malheridos rezumaba…
No era tinta, no era sangre… ¡Bilis negra!
Entonces comprendí, su sufrimiento no amainaba.
Rezumaban perdidas, ausencia, penas.
Jo... Después de los errores que hubo en blogger estos días al fin pude subir esto. Como breviario cultural. El titulo viene precisamente de este asunto de la bilis negra. Lo malo del asunto es que lo googlee (Sí, yo uso el verbo googlear) por casualidad y todo el referente de la melancolía/bilis negra es totalmente nefasto y deprimente. Lástima por los que saben, yo paso.
Yo sí he visto morir a un hombre ante el peso de la pluma
y a la espada desfallecer ante las letras, los puntos finales.
He visto también caer a un hombre, ante mil interrogantes.
ante la incertidumbre de los puntos suspensivos.Y he visto que de esos hombres malheridos rezumaba tinta...
Aunque ya no permitas que mis manos te acaricien.Aunque ya no consientas que mis ojosy mis amores te invadan.Aunque ya no sirvan mis versospara llenar de alegría y amor tu alma.Aunque ya sólo te acuerdesde un mísero poeta muy de cuando en cuando.aunque tu futuro esté muy lejosde mis lejanos e indómitos sueños.aunque me invadan la soledad,la tristeza y el cariño.No te preocupes, mi niña, que aúntengo llena de amor el alma
Contexto, contexto... Este cuento, escrito aproximadamente hace un año obedece más a una tarea que a algo escrito por gusto propio. Primero mencionaré que para mi es un texto mamón, insufrible y lleno de chaquetas mentales hechas para complacer a la gente. Pero bueno... al parecer tuvo una buena acogida y es de las pocas cosas que ya están hechas y en las cuales no puedo trabajar de momento. Así que ahí va. Integro.
Referencias: Diálogos-Historia Verdadera, de Luciano de Samosata. La Ley Innata de Extremoduro, para los "capítulos". Y pellizcos Nietzchianos, cínicos, satíricos y demás mescolanzas varias.
El Sueño de Luciano
Daniel Rosas García
I Preludio al sueño
La imaginación es el preludio al caos reinante en los sueños, un dulce paliativo de todo cuanto podemos encontrarnos al ceder ante el pacificador abrazo de Morfeo. ¡Y es que no hay duda! Bien es cierto que los sueños pueden ser tan sublimes que si acaso pudiésemos habitar permanentemente en ellos lo haríamos de buen agrado. Finalmente, si lo hiciéramos, no habríamos de perdernos grandes cosas en el mundo de la vigilia. Sin embargo, y a pesar de que pudiéramos hacerlo, siempre tendremos nuestros eternos temores para evitar que permaneciéramos más tiempo del realmente necesario inmersos en los sueños. Más de una vez he tenido visiones inquietantes, aterradoras, sublimes. Sí, pero son sólo sueños. Y sin embargo cuan útiles me han sido tales terrores y placeres nocturnos para entender en más de una ocasión, tantos problemas que si bien son mundanos en sí mismos, no son tan frívolos en sus orígenes.
Pero bueno, sería prudente dejar de lado tantos pensamientos que sólo traerían tribulaciones a una noche tan tranquila como esta. Lo mejor será dormir.
II El sueño
Desperté –o eso pensé-. Pues a pesar de estar consciente no podía ver nada, y sin embargo escuchaba claramente una multitud a mi alrededor. Pocos segundos después sentí cierto frío en los parpados. ¡Era el frío del metal! Pero, ¿Qué podría tener en la cara que me impidiera ver cualquier cosa? Con relativa calma me dedique durante un momento a escuchar, tratando de descubrir que pasaba a mí alrededor.
Casi todo era silencio. Salvo lo que parecía ser un grupo de mujeres sollozando. Con el pasar del tiempo, este ruido fue intensificándose a la par de que más voces se unían a tal concierto de llanto desgarrador. Súbitamente, comprendí que ruido era aquél.
¡Plañideras! Indudablemente ese llanto sólo podría provenir de ellas. Por lo tanto no tarde mucho en deducir que era aquel frío metal en mis ojos. Monedas para Carón –pensé con cierta pesadumbre y sin embargo en calma-. La muerte me había alcanzado cuando menos pude sentirla, situación que hasta cierto punto me podría hacer sentir afortunado. Y sin más, me dedique a escuchar con ávida curiosidad cuanto sucediera en mi funeral.
Realmente no hubo nada digno de recordarse. Voces que jamás había escuchado hablando de mí, como si en vida hubiese sido su objeto de devoción; voces conocidas hasta el hartazgo, casi siempre por su falso servilismo, vituperando mi despedida; Y las plañideras. Quizá ellas eran los actores más convincentes dentro del circo de mi muerte. Y bueno, con el poco interés que esto me producía. Decidí entregarme sin más al sueño que me llevaría –según la lógica de tan extraño acontecimiento- a la muerte misma.
Sobra decir que en cuanto abrí los ojos, me encontraba en el infierno mismo. Sin mayor aprensión comencé a explorar el lugar. Y desde luego encontré cosas maravillosas, y terribles. Cosas de las que sería mejor no hablar aquí y quedarán para ser escritas más adelante. Baste decir que finalmente desperté –por tercera vez y ahora sí, alejado del sueño- con la firme idea de mostrar todo cuanto vi en aquella pequeña aventura nocturna.
III Lo de fuera
¡Qué desilusión! Aquél sueño de supuestos terrores nocturnos resulto no ser más que una ilusión de lo que jamás podremos ser. Y con ello desde luego, no me refiero al deseo de ser almas en pena o errabundos visitantes del Hades. Me refiero, sin embargo, a la imposibilidad de pensarnos similares a otros. Enceguecidos como estamos por deseos de grandeza, por el sentimiento despreciable de sentirnos insignificantes o incluso, por ignorancia. ¿Y de que sirven estos deseos que nos vuelven ajenos al mundo. Los deseos de grandeza –y la soberbia que estos acarrean- sólo nos granjea la aberración de terceros. Nuestra imaginaria inferioridad sólo nos otorga la indiferencia y el olvido. ¿Y la ignorancia? Pensándolo bien contra ella no tengo nada. Sólo el que ignora lo que sucede puede llevar una vida tranquila. Quizá lo mío sea envidia ante el ignorante y su existencia alejada de todo. Y sin embargo, esto es sólo lo que pienso –muy ligeramente- sobre lo que he podido ver en otros. Sin embargo, estar consciente de sus fallas no me enaltece ni me santifica en modo alguno. Quizá sea necesario que considerara si yo mismo podría ser partícipe de la visión fantástica de mis sueños.
IV Lo de dentro
Pensar si soy digno de mis ideas. ¡Qué desilusión podría llevarme! Sí. Es cierto que encuentro detestables tanto los delirios de grandeza como el desprecio por uno mismo. Y sin embargo ¿Qué me asegura que no estoy tan cerca del uno como del otro?
Cualquier día podría darme cuenta de mi enorme soberbia. Y entonces haría hasta lo indecible para acabar con ella. Incluso podría acabar conmigo mismo, volverme tan miserable como el que más. Y cumplir mi objetivo sería un gran logro.
¡Alabado sea el hombre que acabó con su soberbia y ahora es un miserable! –gritarían algunos-. Y estos elogios indudablemente terminarían con mi penosa aberración a mí, llevándome de nuevo a la soberbia.
¡Mírenme! ¡Soy el hombre que logró volverse miserable y aprendió a ser despreciado! ¡Soy el orgulloso hombre que se desprecia a sí mismo!
Luego, darme cuenta de semejante paradoja. Y verme siempre encerrado en ella. El círculo del soberbio y del mezquino. El eterno retorno al punto de partida.
Indudablemente lo que tengo es envidia de los ignorantes. ¿Qué problemas podrían tener ellos con una u otra vida? Y sin embargo, también sería una barbaridad pensar siquiera en un mundo formado bajo la idea de la ignorancia como un bien supremo.
Semejante encrucijada sólo me lleva a preguntas que no podré contestar. Será mejor olvidar todo esto.
V La realidad
Lo cierto es –y no lo digo sin cierta pesadumbre- que no habrá igualdad alguna entre los vivos mientras estos estén… Vivos. Así, la igualdad es sólo un sueño inalcanzable para nosotros.
Sin embargo, tampoco considero prudente esparcir semejante pesimismo. Quizá sea mejor dar un ápice de esperanza. Inventar alguna historia con un falso final redentor…
Y entonces, desperté. Ni yo era Luciano. Ni estas sus palabras. Sólo fue un sueño por demás irónico. Supongo que su polvorienta calavera no ha de estar muy satisfecha de verse distinguida de entre otras tantas menos afamadas.
Escribo:
Que sí algún día pensaras
en desconfiar de alguien en el mundo,
te pido sea de mí.Desconfía de las escasas sonrisas,
(pues ningún gesto demostraría jamás mi dicha)
de las secas palabras,
(pues las palabras no me alcanzan)
de los ínfimos regalos.
(pues son solo baratijas)
Desconfía, incluso
de la única vez que te dije
que te quiero.
(Pues a la otra palabra, aún le temo)
Los dos sabemos que he mentido.Desconfía de todo cuanto he dicho,
salvo de esta última oración:
Necesito tiempo,
(el suficiente para estar contigo)
para reordenar (es decir, unir con la tuya)
mi vida.
Tal vez necesito hacer un paréntesis...
(O quizá varios).
Que el sol opaque el brillo de tus ojos,
y el fulgor de la luna sea lo único que me hipnotice.
Que tus ojos sean tan comunes, tan vacíos
tan grises como los del resto del mundo.
Que el viento sople a mi favor, y se lleve tu aroma
dejándome sólo la irresistible fragancia de las flores.
O que el mismo no exista, no juegue con tu pelo
Y así luzcas estática, impávida, sin vida.
Que tu sonrisa no me encante, que sea cualquier cosa,
que no sea mi inspiración, que no me dé fortaleza.
Y que tus palabras, tus gestos, tus abrazos
estén vacíos, que no sean de esos que protegen del mundo.
Y que esto no te ofenda. Pues al sol, la luna
los ojos grises y la fragancia irresistible de las flores
siempre podre tenerlas de forma oportuna.
Tus ojos, tu fragancia, tu sonrisa. En fin, tus colores
quizá se vayan mañana, quizá no vuelvan nunca.
He ahí mis expectativas…
Desde luego que ha habido producción. Aunque la mayoría está regada en libretas y hojas sueltas...