Mientras terminaba de cerrar la
puerta con la respiración entrecortada consideraba todas y cada una de las
posibilidades siguientes: Eso quedaría ahí encerrado, olvidado por siempre; o
eso mismo podría romper la puerta, astillarla a golpes y escapar para seguir
invadiendo su vida, como una forma macabra de habitarlo. Quizá la segunda idea
fue la del terror, pues apenas se cerró la puerta, un movimiento seco rompió la
llave dentro de la cerradura y echó a andar con ese paso que sólo puede indicar
urgencia, más que de llegar a un lugar, de alejarse de otro; una caminata constante
que se detiene sólo cuando uno se pregunta...
-¿Qué ha pasado? –
Y no se trata de una pregunta que
nos hable de algo emergente, pues lo que emerge repentinamente nos arrebata
incluso la capacidad de cuestionarnos y nos deja con ese ambiguo estado de
shock. Ni bien ni mal, solamente un stand by. Pero no en este caso. Preguntar “¿Qué
ha pasado?” casi invita lingüísticamente a considerar que eso que “ha pasado”
es más un trayecto, etapas de algo que no estaba, se ha venido construyendo y
ahora sí que está, o viceversa. Lo que ha pasado es entonces un trayecto. Y entonces,
¿Qué ha pasado?
Primeros sucesos imperceptibles,
cotidianos. La pérdida momentánea de un juego de llaves achacada casi siempre a
un descuido que se resolvía con una recreación mental de los lugares
recorridos, se transformó gradualmente en un nunca saber dónde estaban las
cosas. El juego de llaves en el bolsillo aparecía de repente en la cocina, la
cartera en el escritorio, libros en el baño –práctica común de varias personas,
que no suya-, etc. Situaciones que si bien trató de llevar con calma, llegaron
al punto de encontrar el cuchillo de cocinero, ese entero metálico con muescas
ovaladas para evitar que la comida se pegara a este, debajo de la cama.
Demasiado inconsistente para alguien que jamás habría considerado el suicidio como
teoría o práctica.
Y si bien estos sucesos podrían
ser anecdóticos, temas de sobremesa o chistes de mal gusto, no lo fueron así
los siguientes hechos: Puertas abiertas, camas sin tender, televisor encendido
en el canal cultural, radio gubernamental, café instantáneo en la alacena, la
llegada de un repartidor de comida rápida, aparición y desaparición de ropa,
preguntas de los vecinos sobre el nuevo inquilino, a veces incluso música que
si bien creía reconocer como suya, una escucha atenta le confirmaba que definitivamente
la desconocía.
Desde luego, ésta situación fue
abordada desde distintos lugares. Esquizofrenia paranoide con síntomas
psicóticos aunado a un cuadro de trastorno bipolar en fase maniaca con una
pisca de trastorno limítrofe de la personalidad, más gripe, hipertensión, y un
trastorno por déficit de atención e hiperactividad mal atendido en la infancia
podrían haber sido una buena explicación de estos extraños sucesos. También un
Doppelgänger, un duende, fantasmas, la lejana familia que de repente cayó en
desgracia. Hasta un Okupa podría haber estado habitando este lugar sin que se
hubiese concretado un encuentro fugaz entre ese otro inquilino y el que aquí
habitó, a pesar de haber pasado algo más de seis meses, nunca hubo un
encuentro. Quizá algunos murmullos, risas lejanas, sombras que a veces
bailaban, a veces corrían, quizá otras veces el ligero aroma de un desodorante
barato o el aroma nauseabundo de la humedad, fuera de eso, no había nada que
tocar, no había rastros palpables de ese otro ser que poco a poco habitaba la
casa a la par.
Y de repente despertar, y ver
algo que permite llegar al entendimiento, que no necesariamente escapa del
horror: No estaba ya esa horrible máscara para el foco del techo, ni los libros
en las paredes, ni ese atrapasueños de la infancia, las cobijas no son las de
siempre ni el color de las paredes. La ventana y la puerta están donde siempre,
pero fuera de eso todo el lugar se ha vuelto otro. Lo único que sobrevivía son
esos pantalones a un lado de la cama de los cuales sobresale parte de un
llavero. Tomó su ropa, verificó que
llaves y cartera permanecían en su bolsa, y se dirigió a la cocina. Dos minutos
después desistió de buscar la prensa francesa, hallando solo instantáneo en
presentación americano y capuccino, infusiones de manzanilla y para dolencias
varias en bolsitas “de té”, endulzante natural que no era azúcar y la ausencia
de su tasa predilecta. Una pequeña excursión al bote de la basura lo llevó a
encontrarse con taza y prensa, en el fondo del bote, ni siquiera rotas, sólo
colocadas ahí como basura, deshecho de algo que ya se consumió.
Salió de la casa, cerró la
puerta, rompió la llave. Echó a andar sin rumbo fijo, respiración entrecortada.
De repente, preguntarse ¿Qué ha pasado? Y unos minutos después una pequeña
sonrisa. Caminar con cierta pesadumbre, y de repente silbar, acto que siempre
se ha achacado a hombres felices, o al menos optimistas. Pensaba entonces: “Quizá
pronto encuentre otra casa, me vuelva okupa, duende, Doppelgänger, trastorno
mental, fantasma, y luego carne, realidad.”
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